Acto-Recuerdo-Sentido-Experiencia
Lo único en este mundo que no necesita explicación es la música y la risa. — John Cage
I Acto
Con ayuda del poste, es más fácil sortear la valla de aquella red metálica tan fina que enjaula las autovías. Unos pasos más tarde, tras atravesar la hilera de adelfas y en la cuneta, nos encontramos de frente con el quitamiedos; esa última valla que encierra a los vehículos. Ya solo queda un salto para el asfalto, salto que no es tan pequeño y sorprende por su altura. A un lado y a otro, esa barrera de biondas se funde en el horizonte. Comenzamos a andar; queremos encontrar un lugar para pintar y la noche ya está muy avanzada.
Pisar el asfalto de la autovía es raro, hay algo que te recuerda constantemente que no deberías estar allí. Sentimos una frialdad bajo los pies, pocos han pisado donde estamos y se nota. La noche es fría pero, de repente, nos encontramos con la boca del túnel que nos corta el viento. Se hace un silencio inmediato, roto solo por el eco de nuestros pasos. Pasamos por él casi a diario pero nunca habíamos sido conscientes de su escala; la velocidad nos había deformado la perspectiva y ahora la realidad abruma.
Somos unos niños atrapados en la monotonía de un pequeño pueblo andaluz, deambulando en la noche buscando “Lo sublime”, y lo hemos encontrado. Comenzamos a pintar.
II Recuerdo
Estamos en el descanso entre lo que podría ser la clase de Dibujo y la de Historia. Estamos tirados en el césped bajo un árbol que da sombra, tenemos la suerte de que nuestro instituto tiene zonas verdes y las aprovechamos. Todo es bastante ruidoso, la hora del descanso lo suele ser pero hoy hay música distorsionada que suena desde el parking. Está muy fuerte y llama la atención, sobre todo porque está tan alta que parece estar forzando los altavoces. Suena horrible pero despierta nuestra curiosidad y nos acercamos.
Estaban bailando, riendo y sonriendo con las sonrisas más grandes que eran capaces de gesticular. Las puertas del coche estaban abiertas de par en par y ellos colocaban sus manos sobre los altavoces mientras botaban de alegría. Sonaba horrible, la chapa del coche vibraba y distorsionaba todo, pero disfrutaban. Era el grupo de amigos que venían a las clases de refuerzo especial para sordos y, como nosotros, estaban en su rato de descanso. Al igual que muchos compañeros, estaban disfrutando de la música, pero ellos disfrutaban sin escuchar.
III Sentido
Casi no lo vimos y fue un accidente llegar a él, no sabíamos que estaba allí. Era un cuarto a la izquierda según llegabas a la salida. Estaba escondido bajo la oscuridad y la entrada estaba tapada con una cortina. Solo una pequeña montaña de zapatos delataban que había algo allí. Detrás de esa cortina se encontraba OJAS de Devon Turnbull.
Es nuestra primera vez en una sala de escucha; en este caso, la experiencia es, en un primer momento, extremadamente estética: funcionalidad y diseño llevados al extremo. Pero no es solo eso. Nos sentamos en los puffs y cerramos los ojos; nos concentramos en olvidar y con ello, poco a poco va mejorando el sonido hasta convertirse en una experiencia envolvente.
Anular un sentido amplifica los restantes. Nos hemos olvidado de las gélidas calles londinenses que nos esperan fuera; el espacio de OJAS ha tomado su protagonismo; ha sido construido para el viaje y viajar es lo que estamos haciendo.
El vinilo termina de repente y, de golpe volvemos como al cerrar la puerta del coche al bajarnos. Nos informan que va a pasar un rato hasta que pongan el siguiente disco por lo cual decidimos marchar. No sabemos muy bien cuánto tiempo estuvimos allí, probablemente no mucho, dos canciones quizás pero el tiempo había sido transformado, había perdido por completo su sentido y estos minutos forjaron una presencia eterna.
IV Experiencia
El sol de un atardecer de un uno de enero baña con su luz el asfalto mientras viajamos camino de vuelta a casa. Exhaustos miramos por la ventana en silencio, observando cómo las líneas de pintura bailan sobre la carretera y los destellos de luz que, filtrados bajo el quitamiedos, marcan un ritmo repetitivo. Va a juego con lo que resuena en nuestra cabeza.
Aún escuchamos los golpes de aire que emanaban del gran muro de altavoces, ensamblados con cinchas y un cableado caótico, bajo el techo abovedado de la capilla de aquella cárcel abandonada, perdida en los campos infinitos de algún lugar de La Mancha.
La música nos importaba, pero aún más buscábamos estar frente a la caja de graves, queríamos sentir el cuerpo vibrar y que el corazón adoptara el ritmo de los graves. Solo podíamos comunicarnos por señas y todos compartíamos risas; no hacían falta diálogos, todos entendíamos sin la necesidad de comprender.
De vuelta en el silencio del coche, el viaje se ha ralentizado, ya solo avanzamos a 100 km/h.