El tiempo regalado de Timsam Harding
Esperar es hacerse amigo de la paradoja
Andrea Köhler
A sólo unos metros de aquí circulan más de un millón de vehículos al día. Todos los días. 365 millones de desplazamientos al año en la carretera con mayor densidad de tráfico del país y una de las más congestionadas de toda Europa. Llega el eco de un ruido constante por uno de los ventanucos abiertos en la estancia que sirve de cocina-domitorio-despacho-guarida de Timsam Harding, que lleva toda su vida jugando con la idea del camino, el movimiento repartido en el tiempo y el espacio, el caucho y el asfalto, la paradoja entre del gusto por la quietud y la fascinación por el tránsito.
Timsam Harding (Málaga, 1992) ofrece un café y se sienta en una de las dos sillas dispuestas en la planta superior abuhardillada de una nave convertida en taller y refugio en el perímetro de Vallecas, al pie de la M30. Habla con la determinación y la pausa de quienes dedican mucho más tiempo a pensar que a decir, porque Timsam defiende que lo que debe hablar es la obra, su trabajo, ese que levanta cada día en una calle cuajada de talleres de coches, desguaces y cubículos donde casi cada noche brota una ‘rave’. Y en ese tumulto, Harding construye un remanso donde conviven la estética poligonera y Phillip Glass, el derrape crudo en el asfalto y las algodonosas melodías de Nils Frahm, los ‘samples’ de Kiasmos y el rugido de una radial en una fría mañana del otoño madrileño.
Desde aquel ruido, Harding ha compuesto una exposición a modo de partitura invisible, un archipiélago de “islas de escucha” arribadas en el frenesí de un centro cultural que organiza más de trescientas actividades al año para convertir un espacio de paso en un lugar de parada, una pista de despegue para el tráfago de las obligaciones cotidianas en la posibilidad de estar, al menos por unos instantes, “A tiempo para la espera”. Es el título, evocador como toda la obra de Harding, de la exposición de producción propia que ahora presenta La Térmica, el centro de cultura contemporánea de la Diputación Provincial de Málaga.
‘A tiempo para la espera’ ofrece una suerte de meditada destilación de la trayectoria artística de Harding hasta la fecha. Figuran los asuntos recurrentes en su trabajo -la carretera, el tránsito, el asfalto, la reflexión crítica sobre los desplazamientos urbanos …- pero aquí el tratamiento formal y conceptual de esas cuestiones brinda un nuevo giro de tuerca en su camino hacia cierto despojamiento en un camino hacia la esencialidad que deja en la cuneta el afán de rotundidad material para buscar la impresión crucial a partir de una economía de medios cada vez más exigente.
De este modo, en ‘Bajo la rueda, sobre el asfalto’ (Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Málaga, 2020), Harding empleaba, además de sus iniciales escarceos con la fotografía y el vídeo, piezas elaboradas con caucho, metal y plomo fundido como elementos formales que daban notable consistencia matérica a su reflexión estética sobre el trayecto, que por entonces podía enlazar con los planteamientos de Richard Serra, Harald Szeemann, Robert Smithson o Rosalin Krauss 1 La siguiente escala en ese camino encontraría parada dos años más tarde al cobijo de la Sala Santa Inés de Sevilla, dentro del programa Iniciarte de la Junta de Andalucía. Allí presentaba Harding la exposición ’28 m/s’ donde la ecuación tiempo/espacio tomaba protagonismo desde el propio título del proyecto, en torno a la distancia que recorre un cuerpo que se desplaza a cien kilómetros por hora 2: 28 metros cada segundo. Todo allí se volvía menos enunciativo, más liviano, aquellas esculturas en forma de uve doble a partir de secciones de quitamiedos recogidos de los perfiles de las carreteras, junto con el creciente protagonismo del elemento sonoro no sólo como telón fónico, sino como vibrante activador de un proceso que iba llevando a Harding hacia una gozosa investigación en torno a la escultura sonora.
El trabajo de Harding se abre paso, pues, en la genealogía de creadores que desde principios del siglo XX han cuestionado el papel del sonido desde una perspectiva meramente musical para emplearlo como material artístico en sí mismo 3 . Sin embargo, habría que pasar el ecuador del siglo pasado para el desarrollo conceptual del llamado “arte sonoro” a partir de las indagaciones que ampliaron los límites de la música, la escucha y el espacio, de la mano de compositores como John Cage 4 o Morton Feldman 5 , cuyas obras, tan polifacéticas como filosóficas, abrirían una brecha radical para planear la música como una experiencia más perceptiva que compositiva.
Una evolución decisiva la representaría Max Neuhaus, considerado por muchos “padre de la instalación sonora”. Neuhaus no se limitó a trasladar el sonido al espacio expositivo: lanzó el sonido al espacio público. Su obra emblemática ‘Times Square’ (1977) consistió en un “drone” sonoro continuo instalado bajo una rejilla en una intersección de Manhattan, evocando campanas graves que transformaban la experiencia cotidiana de los transeúntes, redefiniendo lo sonoro como forma de habitar el entorno.
La obra de Harding -como la de muchos artistas contemporáneos que trabajan con lo sonoro- inserta su práctica en esa tradición fundacional. El giro que Neuhaus ofreció al “sonido como espacio” encuentra eco en Harding, que utiliza vibraciones, resonancias y fricciones del entorno (el tráfico, la ciudad, los materiales metálicos) para convertirlas en experiencias perceptivas. En paralelo, la filosofía de escucha expandida de Pauline Oliveros -la idea de que cualquier sonido puede ser música, y que la atención consciente transforma la experiencia estética- parece alinearse con la intención de Harding de transformar lo cotidiano en sujeto artístico.
Y así, la obra de Harding puede entenderse como parte de una continuidad: recoge las lecciones de los pioneros del arte sonoro (Cage, Neuhaus, Oliveros), pero las reinterpreta desde su contexto contemporáneo, mediante una investigación de campo (urbana, espacial, física) que transforma vibraciones invisibles en arte audible. A su vez, su enfoque actualiza la materialidad y la espacialidad del sonido -como en el caso de Neuhaus o del español Vicens Vacca- en un marco de producción contemporánea, explorando las tensiones entre ruido, paisaje, cuerpo y espacio, e invitando a la escucha crítica, activa y transformadora.
La invitación de Harding a esa “escucha transformadora” dejaba una nueva muesca en el proyecto ‘Sin silencio’, desarrollado en el verano de 2024 en los Encuentros de Arte de Genalguacil y seleccionado en aquella ocasión por los organizadores de la bienal y La Térmica para desarrollar una exposición individual en el centro de cultura contemporánea de la Diputación Provincial de Málaga. Así, ‘A tiempo para la espera’ se inspira en el “espíritu de Genalguacil’, convertido en Pueblo Museo desde hace tres décadas, para saltar a espacios expositivos no convencionales en la antigua Casa de la Misericordia de la institución provincial. Si en el municipio del Valle del Genal, las obras de arte toman las calles y plazas, en La Térmica las esculturas de Harding se instalan en un espacio inédito hasta la fecha para una exposición artística como es la galería de la primera planta de nuestro histórico edificio.
Sobre las baldosas hidráulicas cuajadas hace más de un siglo, entre los ventanales de los pasillos que dieron cobijo a los heridos durante la guerra de Marruecos, a cientos de huérfanos de la provincia, Harding instala “islas de escucha” livianas, casi volátiles, a partir de sillas de sillas y estructuras de acero, cubiertas por ramas y hojas de aluminio. Hojas de adelfa, esa planta recia y venenosa capaz de crecer en los arcenes y las cunetas, sin cuidado ni abrigo, que Harding ha tomado como metáfora para sumergirlas en bloques de arena arcillosa mezclada con petróleo para alumbrar una vegetación plateada como una bala, como el filo de una navaja que cimbrea bajo las vibraciones de los altavoces escondidos en estructuras metálicas.
Porque todo parece frío, quirúrgico, pero nada más lejos. Sonidos aleatorios. Gente hablando bajo el agua, el ruido del tráfico, el tintineo de lluvia al caer, el rastro sonoro al soplar una botella. Una banda sonora que bebe del minimalismo y la electrónica, de John Cage y las ‘afters’ entre semana en un polígono de las afueras. Pero aquí la invitación va justo en la dirección contraria: parar, escuchar, sentir. Sentir que estamos “A tiempo para la espera”. Al fin y al cabo, “la espera es nuestro primer acto cultural” 6 , el balbuceo inicial capaz de cuajar en pensamiento y manifestación intelectual, como establece Andrea Köhler en su ensayo ‘El tiempo regalado’, que sobrevuela la práctica artística de Harding de un tiempo a esta parte y cuyo título parece fundirse como esas hojas de adelfa en aluminio con el fin último de esta exposición: el deseo de Harding de regalarnos tiempo, y espacio, para parar, cerrar los ojos, respirar, sentir la vibración de lo que nos rodea. Y escuchar.
Antonio Javier López
Director de La Térmica
1.Rosado, P. (2020). Bajo la rueda, sobre el asfalto. Universidad de Málaga.
2. Sánchez Martínez, J. (2022). Desde la boca del túnel. Apuntes sobre arte conceptual automovilístico a partir de la obra de Timsam Harding. Junta de Andalucía.
3. Russolo, L. (2020). El arte de los ruidos. La música futurista. Casimiro.
4.Cage, J. (2002). Silencio: conferencias y escritos. Ardora Ediciones.
5. Feldman, M. (2012). Pensamientos verticales. Caja Negra Editora.
6. KÖHLER, A. (2018). A tiempo para la espera. Libros del Asteroide.