A veces una ciudad se entiende mejor cuando se escucha que cuando se mira.
Las ciudades existen cuando suenan, el ruido las enciende. La idea de ciudades silenciosas en barrios gentrificados da miedo. Los ruidos de tráfico y aquellos pequeños sonidos como un ventilador, una cañería, el bus que frena, hacen el mapa de una ciudad, le dan sentido: sin ellos todo se vuelve plano, como las fotos sin profundidad.
Pienso que nos están educando para pensar que el ruido molesta. En Brooklyn, por ejemplo, prohibieron la música en las peluquerías porque molestaba a las familias más adineradas que se mudaban a ese barrio en el que la música y el ruido formaba parte de su identidad. Creo que el ruido, a veces, solo pide ser escuchado de otra forma, como si fuese un lenguaje sin palabras, una manera de decir “esto está pasando aquí y ahora”.
En las ciudades estamos muy ocupados y prestamos poca atención. Al contrario, las comunidades indígenas americanas que viven en zonas rurales son las que tienen más registro de avistamientos alienígenas. Creo que es porque están más abiertas y propensas a la espiritualidad. Hay un libro que habla de estos registros, Encounters with the Star People, de Ardy Sixkiller Clarke, autora que ha trabajado con comunidades indígenas estadounidenses y cuya investigación se ha centrado en dar voz a sus historias, tradiciones y experiencias. Jeff Mills, uno de los pioneros del techno de Detroit, hizo un disco y una serie de actuaciones en directo basadas en el mismo. Me gusta pensar que está relacionado con la frecuencia en la que se encuentra cada persona y con las distintas formas en que percibimos el sonido.
Para unos vecinos que no lo han escuchado nunca, la música techno les puede sonar como si fuese un ruido molesto de una obra. Y a su vez hay gente que viaja muchos kilómetros para escucharla durante horas sin descanso. Las raves o fiestas de soundsystems callejeros y equipos construidos por comunidades artísticas han atraído a públicos durante años, véase la ruta del bakalao.
Este movimiento del ruido y las máquinas lo han apadrinado ciudades que han sabido ser un altavoz de un movimiento cultural (Berlín, Tokio, Detroit, etc). Es curioso que la mayoría son poblaciones industriales, donde la gente que empezó a hacer música trabajaba o tenía alguna conexión con las fábricas y sus ruidos repetitivos (es como si la repetición mecánica se convirtiera en mantra o en una especie de trance). Urbes en las que el ruido de fábricas era una especie de latido colectivo, y donde artistas transformaron ese pulso en estructuras, en música que ha hecho vibrar a una comunidad durante años en clubes, raves y fiestas legales e ilegales en todo el mundo.
Las ciudades tienen su cartografía acústica. Hay comunidades que escuchan el mundo de otra manera. Hay quienes distinguen mensajes en el ruido o señales en la vibración del suelo, igual que otros encuentran geometrías en el caos urbano.
Tu escultura, Timsam, puede ser una especie de puente entre esos modos de percepción, una antena que capta frecuencias que solemos ignorar, o incluso, llevándolo a otro terreno, una pieza que habla desde un lugar donde lo espiritual y lo mecánico se tocan. Nos propone otra manera de escuchar. Una forma de afinar la percepción a otras frecuencias más bajas, lentas y más profundas. Creo que no es algo para entender, sino para resonar con ello. Pienso que cuando algo material vibra, está tratando de decirnos algo.
En referencia a nuestras conversaciones sobre los soundsystems de India, Jamaica y México, estos son la versión callejera y comunitaria de esa misma idea. Equipos enormes tuneados artesanalmente y diseñados para sonar fuerte y para hacer vibrar a mucha gente. Un sonido que se construye con cajas, cables, madera y metales. Ahí la música es como si fuese una escultura portátil. Para muchos, es ruido, pero para otros, una forma de identidad. Una frecuencia que une a sus vecinos, las calles y todas sus generaciones.
Lo que conecta a ciudades como Detroit con los soundsystems callejeros es la idea de que el sonido no es decorativo, sino estructural. Moldea cómo imaginamos el futuro y cómo se puede organizar una comunidad. David Byrne dice en su libro How Music Works que la música existe porque los cuerpos necesitan moverse en ciertos espacios. Un club con techos bajos hace música más densa; un auditorio, música más expansiva. Detroit creó el techno quizá porque la ciudad misma era ya una máquina industrial rítmica. Y en México o India se fabricaron estos equipos de sonido porque las calles son el escenario, un hábitat natural para el sonido.
Hace pensar que, a veces, hay que escuchar a la ciudad para poder entenderla. Y quizá por eso tu obra, Timsam, es como una especie de condensación de todo esto. Las ciudades no buscan explicarse, sino resonar. Y en esa resonancia te das cuenta de algo simple pero muy potente, solo hace falta pararse y escuchar lo que hay alrededor. Cuando algo vibra es porque está vivo y te está diciendo que algo está pasando y, sobre todo, que no deberías perdértelo.
Cuando afinas la percepción y estás en la frecuencia adecuada, te dejas atravesar por estas cosas.
Pablo Skaf, amigo.